viernes, 29 de octubre de 2010

Requisición a Juan Mosca, que ahora resultó ser Fernando Garavito Pardo

Fernando Garavito murió el 27 de octubre a la 1 p.m., cerca de Marfa, Texas, Estados Unidos. El profesor Jean Jacques intenta candorosamente en este escrito echar atrás el engranaje del tiempo. No se puede, maestro y amigo. Juan Mosca se va.

Me entero por la red, Juan, que ha decidido usted morirse. Que abandona. Que el retiro es ahora en toda la línea. No ha tenido usted la gentileza de hacerme saber sus justificaciones, quizás porque pensó que en realidad no era necesario.
Obviamente está usted cansado. Cansado de su ojo multidimensional, de su olfato hipersensible. Cansado de volar una y otra vez sobre estas heces, aquel detrito, sin que vengan los encargados de la limpieza. El trabajo se salió de madre, lo reconozco. Los encargados del aseo fueron despedidos. Parece que hubo reducción de personal en el mundo entero. El trabajo de mosca es hoy avasallador. No es trabajo, es esclavitud. Ni siquiera esclavitud: agonía. No hay olfato que resista. Un Mosca responsable no tiene tiempo ni para respirar. Sí, claro que lo entiendo.
También sé que cuando los excrementos se ponen agresivos, poniendo en peligro la integridad física de una mosca, la mosca debe alejarse porque la pulcritud la necesita viva. Pero entiéndame, Juan, viva.
Y en medio de esta descomposición, mientras las vacas siguen pastando y rumiando y volviendo a pastar sin pausa, interminablemente, como un tic-tac cósmico, usted pretendió dedicarse a las flores. Claro, la clorofila tiene mucha mole para alimentar, y a través del ganado mucho abono que producir. Sólo quedaba el espacio de las flores, de la reproducción alegre de la naturaleza. Una idea un tanto sugestiva, no lo niego. Pero ese disfraz de abeja con alas de mariposa no engañaba a nadie. ¿Mariposa usted, mi pequeño Vargas Vila? Todos nos dimos cuenta de que no era un problema de identidad sino sólo una simulación, cuando la hediondez llegó también a su nuevo jardín y despertó su alma de mosca. ¿A quién quería usted engañar?
No estoy contento. ¿Pretende irse sin tener al menos la deferencia de invitarme a ese café largamente postergado? ¿Tiene la irresponsable intención de salir así no más, dejando con un palmo de narices a “Sus queridos todos”? Eso no se hace, Juan. No con los amigos. Tenemos incluso un proyecto pendiente en común. ¿Es que no se acuerda?
¿Se va en medio de tanta porquería fuera de control? ¿Nos deja en medio de este hedor sin un manual de instrucciones? ¿Cree usted que es suficiente con su ejemplo de emprender proyectos geniales y alocados, de decir las verdades sin cálculo ni compasión? ¿Qué se supone que hagamos con esta inundación pestilente? ¿No cree acaso que la famosa Corte Penal Internacional quedará como la Atlántida, sumergida y perdida en las profundidades del asco?
Lo necesitamos, Juan. Todavía no es el momento. Que lo entienda su cerebro de Mosca. “No me iba a quedar para toda la eternidad”, argüirá. Bueno, está bien, váyase, pero antes al menos ayúdenos antes a crear un enjambre que tape el cielo. En particular, necesitamos aprender a digerir esa inmundicia para los demás. Que no pase inadvertida, que no quede intocada, que no nos acostumbre a su olor y consistencia. Está bien, que nos inunde, pero que no nos pudra, que nos haga más fuertes. Que nos haga incansables.
Si aún es tiempo de reconsiderar su decisión, hágalo ya. Lo necesitamos.
Pero si ya no puede, buen viaje, querido amigo.
Monsieur le Professeur,
Jean Jacques de la Ferrière.

viernes, 1 de octubre de 2010

El espejo que los medios nos regalan.

Para quienes no están informados: hace unos meses, se derrumbó una mina de cobre y oro en Copiapó, que está en el "norte chico" de Chile. Adentro, a 700 metros de profundidad, quedaron atrapados 33 mineros. Las familias se instalaron a la entrada de la mina y nadie bajó la guardia. Los equipos de rescate lograron perforar unos pequeños agujeros hasta el fondo de la mina y se pusieron en contacto con los mineros, que habían sobrevivido. Se habían alimentado disciplinadamente con una cucharada de atún, una galleta y un sorbo de leche diarios. Estaban firmes. Noticia mundial. ¿Cómo estos personajes habían logrado sobrevivir durante 17 días, sin desfallecer, sin rendirse? ¿Lograrían soportar estas condiciones de vida durante dos o tres meses más?
En Estados Unidos se informó sobre el hecho con el prisma estadounidense. Un buen ejemplo está en la información, con algo de análisis, de la revista Time.
Aquí va mi comentario:


El enfoque gringo de los mineros chilenos
No lo pensarías al mirarnos, pero a los seres humanos nos encanta cooperar”.
Estas palabras, en labios de Jeffrey Kluger, un experimentado periodista de la revista Time de Estados Unidos refiriéndose a los mineros de Copiapó, podrían parecer irónicas. “Discutimos, peleamos, vamos a la guerra”, explica Kluger (http://www.time.com/time/magazine/article/0,9171,2017215,00.html). No cabe duda. Especialmente para el estadounidense medio --prototipo, según parece, del ser humano actual-- la guerra es una realidad antigua y cotidiana. Una realidad fuera de sus fronteras, pero que dentro de ellas alimenta una gigantesca industria militar que impulsa buena parte del desarrollo de las tecnologías de punta, es el combustible diario de pantallas de televisión y páginas de periódicos, deja al mes cien hogares con una persona menos (“poco” frente al más de millón de muertos en Irak y Afganistán en los últimos 9 años) y quebranta últimamente el aporreado déficit fiscal. En algunos casos, guerras declaradas, como las mencionadas; en otros, acciones militares directas, como en Pakistán, Yemen o Somalia; en general, presencia fundamental en escenarios de guerra diversos del Medio Oriente, América Latina o Asia. Aunque distante, la guerra es para el estadounidense una realidad cotidiana.
Guerreamos”, sí, pero, ¿qué produjo ese milagro de la cooperación entre los mineros? Circunstancias extremas. “Cuando temes por tu vida, empujas en conjunto”; y entonces “la clave es crear orden civil en una circunstancia en la cual no hay ninguno”, dice el coronel Tom Kolditz, en el mismo artículo. Según esta forma de ver las cosas, en circunstancias normales los “seres humanos” son, en cambio, egoístas, utilizan al prójimo como instrumento, buscan el goce ilimitado, por mencionar sólo tres de los diez mandamientos que el “divino mercado” ha convertido en religión en las últimas décadas (Dufour, Dany-Robert: Le divin marché. http://demicasaalautopia.blogspot.com/2010/06/los-diez-mandamientos-de-la-religion.html).

Menos concentrado en esta tarea mediática de enseñarnos cómo debemos vernos a nosotros mismos, Al Holland, sicólogo de la NASA, propone una visión más transparente: “los mineros hicieron mucho para ayudarse a sí mismos en los 17 días anteriores a su localización... y en parte es por eso que están vivos aún”. Subraya que además ha sido excelente el apoyo de sus familias y personas cercanas, que también se han... organizado. (http://www.youtube.com/watch?v=T-zfZN3ZCzs)
Organización. Cooperación. Palabras raras, que suscitan preguntas y necesitan de explicación, cuando la guerra y la ley de la selva son la propuesta cotidiana. Los mineros, y en general la gente que sabe qué es la organización y la cooperación para enfrentar la vida, no las requieren.

Pero los medios seguirán machacando sobre este enfoque, que en el fondo está dirigida a la clase media estadounidense, modelo del “ser humano” actual, pero que nos tratan de vender a todos los demás.
Cuando los mineros salgan, serán recuperados para esta normalidad. Según Time, se preparan para la fama, leyendo “Tácticas para hablar en público”. Serán mejores tiempos. Estrecharán la mano del presidente de la República, recibirán donaciones de empresarios generosos. No faltará la oferta de algún libro y, por qué no, de alguna película protagonizada por Tom Cruise. Y ellos las aceptarán. Tampoco son tontos.