viernes, 6 de noviembre de 2009
Especulaciones a raíz del foro de ANP (Chile)
¿En los debates presidenciales, a quién le hablan los candidatos?
1. A los electores.
2. A ciudadanos que tienen una historia pasada y por construir.
3. A los reporteros.
4. A sus contendores.
¿Para qué?
1. Quieren conseguir votos.
2. Quieren colocar en la mente de los receptores unas ideas específicas (quizás una invitación hacia el futuro).
3. Quieren generar recordación.
4. Quieren derrotar a sus contendores en el debate (quieren demostrar que son mejores).
A juzgar por lo discutido en el debate reciente de la ANP, lo que los candidatos quieren demostrar, a la mayor cantidad posible de gente, es que son las personas más calificadas para ser presidentes. Y se trata, por supuesto, una demostración comparativa. "El mejor presidente", es el rótulo que los candidatos deben colgarse, al tiempo que demuestran a los ciudadanos, con sus ideas, con su carácter, con su inteligencia, que son mejores que la competencia.
Y pareciera que todos estamos de acuerdo. ¿Quién "ganó" el debate? ¿Quién habrá convencido más? (O sea, ¿quién habrá podido mostrar más convincentemente que sería el mejor presidente?) Este es el tipo de preguntas que los hinchas de uno u otro candidato nos hacemos al final. ¿Podríamos soñar que nuestro candidato quede en el primer o segundo lugar de la votación?
La respuesta a las dos primeras preguntas probablemente sería: "5. Todas las anteriores", aunque en diferente orden de importancia, de acuerdo al candidato. El que percibe que tiene posibilidades reales de llegar a segunda vuelta, privilegiará el punto 1: se dirigirá a los electores, para conseguir votos. En ese empeño, deberá derrotar a sus contendores en cada debate, con la resonancia de los medios masivos.
Dicen que Arrate no tiene posibilidades de llegar a segunda vuelta, y por eso se muestra más relajado en los debates: con menos presión para demostrar su superioridad potencial como presidente.
Pero quizás esta situación de "ventaja" debería servir para cambiar el eje, para cambiar el estilo. Quizás Arrate podría abandonar resueltamente el enfoque de conseguir votos y de mirar al ciudadano desde el filtro de su capacidad de voto, para dirigirse al ciudadano, que debe pensar por sí mismo y cuya acción menor e infinitamente menos importante es la de votar. Arrate podría darse el lujo de decir: "no voten por mí, porque ni yo, ni ningún presidente puede resolver nada de fondo", y al lado de esto podría poner el énfasis en esos problemas de fondo. Particularmente podría irle dando forma, laboriosamente, a una política de Estado, de largo plazo, para ser configurada y realizada por muchos, incluyendo a la derecha (si es capaz de pensar con compromiso el país).
Nueva Constitución, sí, pero ¿para qué? ¿cuál es su necesidad? ¿cuál sería su contenido? Renacionalización del cobre. Nuevos criterios respecto a la educación, la salud, a partir de la experiencia y la opinión de los ciudadanos. Etcétera.
En resumen, aunque una campaña presidencial es para elegir presidente, es también un momento inmejorable para concentrar la atención de la ciudadanía en los problemas de fondo en vez de ofrecer soluciones sacadas del sombrero: para entender estos problemas colectivamente y comprometerse en conjunto para enfrentarlos. Y de paso, comenzar a construir un nuevo consenso nacional.
sábado, 17 de octubre de 2009
La cobertura que la prensa hace del movimiento estudiantil

La Universidad Nacional de Colombia se puso hoy de moda en la prensa. Detrás del "secuestro" del rector y de la restauración del "principio de autoridad" por parte del presidente de la República, hay un conjunto de problemas de fondo que hacen ver los últimos sucesos como anecdóticos. Pero las razones de fondo no son asunto de la prensa.
En seguida va, en forma de un artículo de 7.328 caracteres rechazado por Rodrigo Pardo y la revista Cambio hace un año, un ejercicio de lectura de prensa sobre el movimiento estudiantil y la Universidad Nacional.
Dinosaurio se escribe con “d” de delincuente
Digamos que tenemos un enemigo.
A este enemigo, causante de muchos de nuestros males, obstáculo principal para avanzar constructivamente en la vida y para mirar con optimismo el futuro, hay que derrotarlo. El enemigo es, por definición, ese sujeto al que hay que derrotar.
¿Para qué sirven las palabras con el enemigo? Las palabras son, para este caso, un arma de guerra: para disuadirlo y desmoralizarlo (para que dude de sus razones, para erosionar sus convicciones, para que su voluntad flaquee); para desinformarlo y desorientarlo (para que dé golpes de ciego en el aire, para que caiga en la desesperación, para que cometa un error tras otro); para dividirlo; para arrinconarlo, para privarlo de cualquier apoyo de los demás (mostrando su irracionalidad, su obcecación, su intransigencia, su mentalidad paranoica y delirante). Es posible que no estemos hablando precisamente de enfermos mentales; quizás su forma de pensar no sea en realidad inflexible; a lo mejor sería posible llegar a un acuerdo con él. No viene al caso. Si es el enemigo, si sabemos que es el obstáculo para avanzar hacia nuestra felicidad —o el lastre que no nos permite dejar atrás nuestros problemas—, las palabras son un instrumento esencial para derrotarlo. Las palabras como instrumento de la verdad, son contraproducentes.
Porque en condiciones de manos y espíritus desarmados, la verdad une. Es un resultado, una construcción compleja. Es el producto de un esfuerzo colectivo, que compromete a sus integrantes. Pero en tiempos de guerra, o sea, cuando hay un enemigo, la verdad tiene otro carácter: es simplemente lo que se repite lo suficiente.
Por esto, cuando hay un enemigo, el valor de los medios masivos es inestimable. “Si todos los media dicen que algo es verdad, es verdad —dice Ignacio Ramonet—. Si la prensa, la radio o la televisión dicen que algo es verdad, eso es verdad incluso si es falso. (...) El receptor no tiene criterios de apreciación ya que no puede orientarse más que confrontando unos media con otros. Y si todos dicen lo mismo está obligado a admitir que ésa es la verdad” (1).
La confluencia entre medios masivos y la existencia de un enemigo (o en su defecto, una visión maniquea de las cosas) es avasalladora.
El enemigo es una pequeña minoría. Hay que repetirlo incansablemente. El enemigo utiliza la violencia y la intimidación. Y si los medios masivos lo repiten, se convierte en verdad.
Digamos que el enemigo son nuestros hijos.
Entonces, a las expresiones genéricas que más arriba están en cursivas —tomadas literalmente de dos diarios y un semanario de alcance nacional, utilizadas para referirse a la movilización estudiantil en la Universidad Nacional de los pasados meses (2)— debemos agregarles las siguientes, más específicas, también textuales: protesta vociferante, grupúsculos encapuchados, activistas profesionalizados que ensucian las paredes, sinvergüencería, no se conocen sus razones, dinosaurios.
Es indudable que se trata del enemigo.
***
Para el hombre imparcial, la verdad será siempre una gran palabra que hará latir su corazón. (Hegel) (3)
Las palabras como instrumentos de verdad son esenciales para cualquier esfuerzo colectivo. Aunque la razón y la ciencia tienden a volverse instrumentales bajo el poder demoledor del dinero, no habrían nacido siquiera si la verdad no hubiera podido circular y reconstruirse cotidianamente, masivamente, a través de las palabras. La verdad de la religión, en tanto sagrada e incuestionable, o esta nueva verdad de los medios masivos que se basa en el eco infinito, han sido y son un mecanismo eficaz para derrotar al enemigo. Pero ¿queremos proponerlas como el fundamento de nuestro futuro? ¿A qué estamos invitando a estos jóvenes encapuchados?
Decía hace treinta años Jesús Antonio Bejarano (4) que las mejores ideas y las reflexiones más interesantes y fructíferas se producen en la universidad no en sus salones de clase, sino en sus cafeterías. Es así porque la verdad nace en cualquier espacio donde se dé el diálogo —fundado y comprometido— entre iguales. He aquí el talante de la Universidad Nacional.
Si enseñar consistiera en inyectar una verdad (si la verdad se pudiera simplemente almacenar, acumular y traspasar, si no hubiera que hacerla nacer cada vez), los espacios y actividades no académicos de la universidad se podrían reducir —sin perder nada— a su mínima expresión: nutrición, salud, administración. Asambleas, bloqueos, grafitis, no serían más que obstáculos inútiles, pérdidas de tiempo. En ningún caso oportunidades. El estudiante debería concentrarse en adquirir competencias, a través de la obtención de conocimientos adecuadamente dosificados.
Son este tipo de temas los que convulsionan hoy a la Universidad: su lugar en ese futuro nacional que, afín al talante universitario, debería levantarse sobre una verdad construida colectivamente, a través del diálogo entre iguales; el papel en la vida universitaria de la “anormalidad” académica —¿obstáculo o estímulo?— y su reconocimiento en el estatuto estudiantil; la relación entre saber y enseñanza, y su producto: el profesional competente. ¿Qué es para nuestro país un profesional competente? No se conocen sus razones, se dice hablando del movimiento estudiantil. Pero hay aquí razones. Razones de fondo, que interesan no sólo a la Universidad, sino a Colombia entera.
Las directivas universitarias podrían utilizar su acceso directo a los medios para abrir esta discusión al público. Pero —exceptuando al decano que decidió aprovechar la coyuntura para salir deslumbrantemente del clóset (5)— no ha habido ideas distintas que las de aprovechar y alimentar el lenguaje de guerra (o maniqueo) en boga, que ha demostrado hasta el cansancio su rentabilidad política y su eficacia.
En una carta reciente (6), el rector actual de la Universidad Nacional, Moisés Wasserman, decía refiriéndose al estatuto en litigio que “el sentido común dice que no deben ser precisamente los estudiantes quienes voten sobre las reglas con las cuales ellos son admitidos, aprueban sus asignaturas, permanecen en la universidad y se gradúan”. ¿Por qué no? Quizás el rector tenía en la cabeza otra consideración, análoga: el sentido común dice que los delincuentes no deben decidir sobre las leyes que los juzgarán. Y dinosaurio se escribe con “d” de delincuente.
Pero estudiante no.
(1) Ramonet, Ignacio. La tiranía de la comunicación. Editorial Debate, Barcelona, 2002. Página 53.
(2) Columna de opinión de Kalmanovitz: “La tragedia de los comunes en la UN” (El Espectador, 19-05-08). Editoriales de El Tiempo: “UN: justos por pecadores” (21-05-08) y El Espectador: “El cambio en la Universidad Nacional” (no anoté la fecha). Artículo de Cambio (21-05-08). Varias columnas: Mauricio García, Miriam Jimeno, Francisco Cajiao... y algunas notas de prensa.
(3) Hegel, G.W.F. Historia de la Filosofía, tomo I. Fondo de Cultura Económica, México, 1979. Página 21.
(4) Jesús Antonio Bejarano, profesor y decano de economía en la Universidad Nacional, consejero de paz en el gobierno de César Gaviria, asesinado en el campus (¿en el 2000?).
(5) “Ataques por condición sexual a decano de la Nacional: Mi vida privada se queda en casa: Fabián Sanabria”. El Tiempo, 12 de junio de 2008.
(6) Carta de Wasserman: “Plebiscito y Universidad”, El Espectador, 28 de mayo de 2008.
Espectacular rescate de rector secuestrado
Siguiendo órdenes del presidente de la República y en un audaz golpe de mano que recuerda a la operación Jaque, organismos de inteligencia lograron liberar ayer con sus propios recursos al rector de la Universidad Nacional de Colombia, Moisés Wasserman.En la toma aérea reproducida más arriba, publicada en exclusiva por el diario El Tiempo (17 de octubre de 2008), se alcanza a identificar parcialmente a los 223 terroristas secuestradores que cayeron en la celada de los agentes.
Posteriormente el campamento de los terroristas fue copado y desmantelado por fuerzas combinadas de la Policía Nacional y el Esmad, que no encontraron resistencia.
A los detenidos se les respetó la vida.
miércoles, 14 de octubre de 2009
El despido de Claudia López
Lo que viene es una buena "lectura de prensa" realizada por Claudia López y publicada el día 13 de octubre. La nota final de la dirección del diario El Tiempo es un buen ejemplo de sus consecuencias.
Reflexiones sobre un escándalo
Se preguntaba Rudolf Hommes en su columna de la semana pasada por qué unos temas se vuelven escándalos y otros no. Sugería que se requiere que el grueso del público tome conciencia y que haya un instigador. El cubrimiento que EL TIEMPO le dio al escándalo de Agro Ingreso Seguro (AIS) ofrece una oportunidad para reflexionar al respecto.
A diferencia de los demás medios escritos, EL TIEMPO no profundizó sobre el programa AIS sino sobre los efectos políticos del escándalo. Tomar ese ángulo era una decisión periodística válida dado que sus socios de la revista Cambio ya habían hecho el resto del trabajo. Sin embargo, más que un cubrimiento, lo que hizo EL TIEMPO fue una fabricación inducida para apoyar su interpretación deseada de los efectos políticos del escándalo.
La fabricación sesgada empezó con una pregunta en un foro en el tiempo.com, siguió con una nota que destacaba lo dicho por los foristas y concluyó con un supuesto artículo de análisis. En el foro se indagó a los foristas si creían que Arias debía renunciar por el escándalo de AIS. No sobra recordar que a EL TIEMPO nunca se le ocurrió preguntarles a sus foristas si Juan Manuel Santos debía renunciar por el escándalo de los 'falsos positivos'. En el caso de Arias sí se le ocurrió. Culminado el foro, publicaron una nota titulada 'Indignación y rechazo genera Andrés F. Arias por caso de Agro Ingreso entre lectores de eltiempo.com', en la que destacaban que "la mayoría de usuarios le pide al ex ministro que renuncie a su precandidatura" y que "hubo muy pocos que defendieron a Arias". Luego del foro inducido y la nota destacada, remataron con un artículo cuyo título sentenciaba: 'Andrés Felipe Arias sale debilitado y Juan Manuel Santos logra ventaja en medio del escándalo de AIS'.
Es obvio que Arias sale debilitado, pero no es nada obvio que la consecuencia sea que Santos "logra ventaja". EL TIEMPO asegura que el traspié de Arias "llevó a Juan Manuel Santos a convertirse en un ganador neto esta semana". ¿De dónde saca EL TIEMPO que el espacio perdido por Arias fue ganado por Santos? ¿Hicieron una encuesta? No, pero a falta de encuesta el periódico usó su foro para lanzar la pregunta, inducir la respuesta y construir de allí sus conclusiones.
Aunque Arias no está compitiendo con Santos, sino con Noemí dentro de la consulta conservadora, el supuesto análisis ni siquiera menciona que una de las posibles ganadoras del desliz de Arias es Noemí. Además, el análisis se inventa un hecho para reforzar su argumento. Afirma que una de las razones por las cuales el fortalecido es Santos es que "los conservadores, además, tienen que someterse a una consulta interna para buscar su candidato, mientras 'la U' ya lo tiene: Santos". 'La U' no ha escogido candidato presidencial. Lo único que le han ofrecido a Santos en la U es la jefatura del partido, no la candidatura presidencial. 'La U' es el promotor del referendo reeleccionista y si es aprobado es de esperarse que sea Uribe, no Santos, el candidato presidencial de 'la U'. Supongo que esos hechos dañaban el "enfoque del análisis" y por eso fueron desechados.
"No será fácil que Noemí merezca el respaldo de Uribe, después de que ella lo ha acusado de 'comprar' el referendo y amenazado con 'derrotarlo' en las urnas." Esta frase, casi transcrita de declaraciones de Santos, trata de presentar como periodística la versión de Santos de que él, a diferencia de Noemí, no es un traidor ni quiere derrotar a Uribe. Cualquiera que conozca medianamente la carrera de Santos sabe que cambiar de bando ha sido la constante de su ascenso político, al igual que de Noemí, y cualquiera entiende que ambos quieren suceder a Uribe; sólo que Santos quiere hacerlo sin que parezca una traición, agrego yo.
La calidad periodística de EL TIEMPO está cada vez más comprometida por el creciente conflicto de interés entre sus propósitos comerciales (ganarse el tercer canal) y políticos (cubrir al Gobierno que otorga el canal y a su socio en campaña) y sus deberes periodísticos. Este tipo de cubrimientos sesgados en nada contribuyen a resolver periodísticamente ese conflicto; lo único que logran es evidenciarlo.
N. de la D.: EL TIEMPO rechaza por falsas, malintencionadas y calumniosas las afirmaciones de Claudia López. La Dirección de este diario entiende su descalificación de nuestro trabajo periodístico como una carta de renuncia, que acepta de manera inmediata.