Veámoslo en abstracto. Hay cuatro candidatos presidenciales en Chile. Cuatro personas que decidieron emprender el esfuerzo de dirigirse a los ciudadanos, con unos planteamientos más o menos elaborados, y con una intención política que de una u otra manera gira hoy alrededor de las elecciones.
La mejor tribuna, en términos de alcance e impacto subjetivo: la televisión. Pero para ponerle "pique" y siguiendo formatos exitosos en países modelo, un debate (con unas reglas). O sea, un espectáculo, una puesta en escena. Luces, cámara, acción.
Los candidatos se aprestan a introducirse en el hogar de los chilenos, asumiendo o construyendo su papel de prospectos de presidente. Convirtiéndose en personajes.
Claro, cada uno hará uso de sus mejores recursos: sus ideas, su forma de hablar, su prestancia o carisma...Y es el personaje que cada candidato logre construir (en medio de las reglas puestas por la televisión) el que adquirirá corporeidad y quedará temporalmente posicionado en la mente de cada televidente chileno... hasta que los medios masivos (y especialmente la prensa escrita) realicen el trabajo de moldearlos un poco mejor.
La resonancia en los medios masivos será para los candidatos como un espejo que los ayudará a verse a sí mismos y a evaluar el impacto de su esfuerzo. Pero en ese momento los personajes que los candidatos han representado dejarán de estar bajo su propio control.
Siempre en general, aquí los elementos de esta historia son:
- los candidatos presidenciales,
- la tribuna televisiva,
- los televidentes-ciudadanos y
- los medios masivos (y para el caso que queremos subrayar, los medios escritos).
El Mercurio
Si hay un formador de opinión pública en Chile, es por excelencia el diario El Mercurio. Y El Mercurio no se dirige a los pobres, sino a la clase media (dejemos a los ricos entre paréntesis), y particularmente a la clase media acomodada. Aquí manejamos una premisa: la opinión pública es clase media.
Y entonces, desde el día siguiente al debate presidencial, El Mercurio hace su trabajo de alfarería sobre la imagen que los candidatos lograron colocar (o reforzar) en la audiencia. Deja de lado los planteamientos de peso (quizás porque lo de peso no está en discusión) y se concentra en la capacidad de expresión de los candidatos, sus nervios, sus recursos, sus trucos... Alguno no se pone nervioso porque no tienen nada que perder, otro se atropella un poco por su inexperiencia. Uno lanza un golpe bajo, otro acusa el golpe. (¿Planteamientos de fondo? No es necesario repetirlos: usted ya los vio por televisión. Yo ya ni me acuerdo). Esta escaramuza del golpe bajo se convierte en lo más espectacular del debate. El Mercurio no dirá expresamente que la afirmación de Frei es una calumnia. Y aunque no examinará el tema mismo, le dará bastante resonancia en los días siguientes a la crisis del capítulo chileno de Transparencia Internacional, debido al uso no consultado suficientemente de información cuestionable. Finalmente la acusación de Frei resultará a todas luces un truco electoral.
Finalmente, lo que de los candidatos quedará perfectamente torneado en los lectores de El Mercurio son, por una parte, sus particularidades individuales (su personalidad, especialmente) relacionadas en este caso con las anécdotas del debate, y por otra, sus trucos (sucios, nobles, ingenuos, patéticos) para subir puntos en las encuestas.
Los televidentes no son tontos y El Mercurio lo sabe. No se trata de engañarlos: el debate puede perfectamente captarse desde esta óptica y todo el espectáculo mediático se presta para subrayar los personajes que se ponen en escena y sus particularidades individuales. Los mismos candidatos siguen este juego. Para el diario no se trata en este caso de forzar la realidad, sino de subrayarla, dirigir la atención y el debate, interpretar.
Uno de los resultados de esta alfarería de la opinión es que si se trata de elegir presidente los elementos de decisión no son si habrá o no nueva constitución, si se renacionalizará el cobre o no, si se cambiará la orientación mercantil de la educación, la salud y los fondos de pensiones. No. Se trata de las cualidades personales de estos personajes, que se convierten así en el centro de la decisión de votar por uno u otro.
El asunto que debe discutirse después del debate presidencial no es qué va a pasar con Chile los próximos años, sino las cualidades personales de quien estará ahí para tomar decisiones, sea lo que sea lo que vaya a pasar.
¿Habría otra forma de evaluar el debate presidencial (y de moldear --en otra dirección-- la "opinión pública")?
Si se leyera únicamente los artículos de diversos comentaristas publicados por El Clarín (www.elclarin.cl) se podría decir que en lo fundamental, no.
Es claro que El Clarín no realiza un esfuerzo dirigido y sistemático de darle forma a la "gran" opinión pública, como El Mercurio. El Clarin parece dirigirse a una mucho más reducida clase media de izquierda y tampoco a la pobresía. Recopila información, análisis y opiniones (estos dos últimos, con frecuencia bastante entremezclados). Los artículos post debate en El Clarín normalmente tratan de "hacerle barra" a uno u otro dueño ya del corazón del articulista (Arrate y Enríquez-Ominami, Frei más bien no) y a sus posibilidades electorales, y en ese sentido siguen la corriente.
Y entonces el espectáculo mediático del debate presidencial queda cerrado. Sus protagonistas construyeron sus personajes; éstos tomaron vida introduciéndose durante un buen rato en el hogar de una buena cantidad de familias chilenas y se posicionaron (o reposicionaron) en la mente de jóvenes y viejos, hombres y mujeres... Y en los días y semanas siguientes, los medios masivos apuntalaron, moldearon o erosionaron el trabajo de estos protagonistas. Los espectadores del debate saben ahora mucho mejor qué fue lo que vieron. Los candidatos entienden en qué acertaron, en qué estuvieron flojos, qué tienen que mejorar.
Pero ¿no habría sido posible, a pesar de las reglas del debate, introducir una o dos ideas fundamentales respecto a cómo está Chile y qué es esencial hacer en este momento? ¿No habrá algún truco para depurarse de la mentalidad de farándula (o de hincha deportivo) en la consideración de las próximas elecciones y los años que vienen? ¿No habrá manera de poner énfasis en que los problemas de fondo sí son asunto de cada chileno, que sí están en discusión, que sí hay mucho que cada uno puede hacer en su consideración y solución (y que por lo tanto no se trata de las cualidades personales del próximo presidente)?
Porque quizás El Mercurio tiene razón en su cubrimiento y las elecciones presidenciales no son para intervenir en el rumbo del país, sino para escoger a quien va a tomar muchas decisiones importantes en los próximos años. Pero aunque así sea, son también un buen momento para poner el dedo en la llaga (y no volverlo a sacar).
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