
La Universidad Nacional de Colombia se puso hoy de moda en la prensa. Detrás del "secuestro" del rector y de la restauración del "principio de autoridad" por parte del presidente de la República, hay un conjunto de problemas de fondo que hacen ver los últimos sucesos como anecdóticos. Pero las razones de fondo no son asunto de la prensa.
En seguida va, en forma de un artículo de 7.328 caracteres rechazado por Rodrigo Pardo y la revista Cambio hace un año, un ejercicio de lectura de prensa sobre el movimiento estudiantil y la Universidad Nacional.
Dinosaurio se escribe con “d” de delincuente
Digamos que tenemos un enemigo.
A este enemigo, causante de muchos de nuestros males, obstáculo principal para avanzar constructivamente en la vida y para mirar con optimismo el futuro, hay que derrotarlo. El enemigo es, por definición, ese sujeto al que hay que derrotar.
¿Para qué sirven las palabras con el enemigo? Las palabras son, para este caso, un arma de guerra: para disuadirlo y desmoralizarlo (para que dude de sus razones, para erosionar sus convicciones, para que su voluntad flaquee); para desinformarlo y desorientarlo (para que dé golpes de ciego en el aire, para que caiga en la desesperación, para que cometa un error tras otro); para dividirlo; para arrinconarlo, para privarlo de cualquier apoyo de los demás (mostrando su irracionalidad, su obcecación, su intransigencia, su mentalidad paranoica y delirante). Es posible que no estemos hablando precisamente de enfermos mentales; quizás su forma de pensar no sea en realidad inflexible; a lo mejor sería posible llegar a un acuerdo con él. No viene al caso. Si es el enemigo, si sabemos que es el obstáculo para avanzar hacia nuestra felicidad —o el lastre que no nos permite dejar atrás nuestros problemas—, las palabras son un instrumento esencial para derrotarlo. Las palabras como instrumento de la verdad, son contraproducentes.
Porque en condiciones de manos y espíritus desarmados, la verdad une. Es un resultado, una construcción compleja. Es el producto de un esfuerzo colectivo, que compromete a sus integrantes. Pero en tiempos de guerra, o sea, cuando hay un enemigo, la verdad tiene otro carácter: es simplemente lo que se repite lo suficiente.
Por esto, cuando hay un enemigo, el valor de los medios masivos es inestimable. “Si todos los media dicen que algo es verdad, es verdad —dice Ignacio Ramonet—. Si la prensa, la radio o la televisión dicen que algo es verdad, eso es verdad incluso si es falso. (...) El receptor no tiene criterios de apreciación ya que no puede orientarse más que confrontando unos media con otros. Y si todos dicen lo mismo está obligado a admitir que ésa es la verdad” (1).
La confluencia entre medios masivos y la existencia de un enemigo (o en su defecto, una visión maniquea de las cosas) es avasalladora.
El enemigo es una pequeña minoría. Hay que repetirlo incansablemente. El enemigo utiliza la violencia y la intimidación. Y si los medios masivos lo repiten, se convierte en verdad.
Digamos que el enemigo son nuestros hijos.
Entonces, a las expresiones genéricas que más arriba están en cursivas —tomadas literalmente de dos diarios y un semanario de alcance nacional, utilizadas para referirse a la movilización estudiantil en la Universidad Nacional de los pasados meses (2)— debemos agregarles las siguientes, más específicas, también textuales: protesta vociferante, grupúsculos encapuchados, activistas profesionalizados que ensucian las paredes, sinvergüencería, no se conocen sus razones, dinosaurios.
Es indudable que se trata del enemigo.
***
Para el hombre imparcial, la verdad será siempre una gran palabra que hará latir su corazón. (Hegel) (3)
Las palabras como instrumentos de verdad son esenciales para cualquier esfuerzo colectivo. Aunque la razón y la ciencia tienden a volverse instrumentales bajo el poder demoledor del dinero, no habrían nacido siquiera si la verdad no hubiera podido circular y reconstruirse cotidianamente, masivamente, a través de las palabras. La verdad de la religión, en tanto sagrada e incuestionable, o esta nueva verdad de los medios masivos que se basa en el eco infinito, han sido y son un mecanismo eficaz para derrotar al enemigo. Pero ¿queremos proponerlas como el fundamento de nuestro futuro? ¿A qué estamos invitando a estos jóvenes encapuchados?
Decía hace treinta años Jesús Antonio Bejarano (4) que las mejores ideas y las reflexiones más interesantes y fructíferas se producen en la universidad no en sus salones de clase, sino en sus cafeterías. Es así porque la verdad nace en cualquier espacio donde se dé el diálogo —fundado y comprometido— entre iguales. He aquí el talante de la Universidad Nacional.
Si enseñar consistiera en inyectar una verdad (si la verdad se pudiera simplemente almacenar, acumular y traspasar, si no hubiera que hacerla nacer cada vez), los espacios y actividades no académicos de la universidad se podrían reducir —sin perder nada— a su mínima expresión: nutrición, salud, administración. Asambleas, bloqueos, grafitis, no serían más que obstáculos inútiles, pérdidas de tiempo. En ningún caso oportunidades. El estudiante debería concentrarse en adquirir competencias, a través de la obtención de conocimientos adecuadamente dosificados.
Son este tipo de temas los que convulsionan hoy a la Universidad: su lugar en ese futuro nacional que, afín al talante universitario, debería levantarse sobre una verdad construida colectivamente, a través del diálogo entre iguales; el papel en la vida universitaria de la “anormalidad” académica —¿obstáculo o estímulo?— y su reconocimiento en el estatuto estudiantil; la relación entre saber y enseñanza, y su producto: el profesional competente. ¿Qué es para nuestro país un profesional competente? No se conocen sus razones, se dice hablando del movimiento estudiantil. Pero hay aquí razones. Razones de fondo, que interesan no sólo a la Universidad, sino a Colombia entera.
Las directivas universitarias podrían utilizar su acceso directo a los medios para abrir esta discusión al público. Pero —exceptuando al decano que decidió aprovechar la coyuntura para salir deslumbrantemente del clóset (5)— no ha habido ideas distintas que las de aprovechar y alimentar el lenguaje de guerra (o maniqueo) en boga, que ha demostrado hasta el cansancio su rentabilidad política y su eficacia.
En una carta reciente (6), el rector actual de la Universidad Nacional, Moisés Wasserman, decía refiriéndose al estatuto en litigio que “el sentido común dice que no deben ser precisamente los estudiantes quienes voten sobre las reglas con las cuales ellos son admitidos, aprueban sus asignaturas, permanecen en la universidad y se gradúan”. ¿Por qué no? Quizás el rector tenía en la cabeza otra consideración, análoga: el sentido común dice que los delincuentes no deben decidir sobre las leyes que los juzgarán. Y dinosaurio se escribe con “d” de delincuente.
Pero estudiante no.
(1) Ramonet, Ignacio. La tiranía de la comunicación. Editorial Debate, Barcelona, 2002. Página 53.
(2) Columna de opinión de Kalmanovitz: “La tragedia de los comunes en la UN” (El Espectador, 19-05-08). Editoriales de El Tiempo: “UN: justos por pecadores” (21-05-08) y El Espectador: “El cambio en la Universidad Nacional” (no anoté la fecha). Artículo de Cambio (21-05-08). Varias columnas: Mauricio García, Miriam Jimeno, Francisco Cajiao... y algunas notas de prensa.
(3) Hegel, G.W.F. Historia de la Filosofía, tomo I. Fondo de Cultura Económica, México, 1979. Página 21.
(4) Jesús Antonio Bejarano, profesor y decano de economía en la Universidad Nacional, consejero de paz en el gobierno de César Gaviria, asesinado en el campus (¿en el 2000?).
(5) “Ataques por condición sexual a decano de la Nacional: Mi vida privada se queda en casa: Fabián Sanabria”. El Tiempo, 12 de junio de 2008.
(6) Carta de Wasserman: “Plebiscito y Universidad”, El Espectador, 28 de mayo de 2008.
No hay comentarios:
Publicar un comentario