sábado, 17 de octubre de 2009

La cobertura que la prensa hace del movimiento estudiantil



La Universidad Nacional de Colombia se puso hoy de moda en la prensa. Detrás del "secuestro" del rector y de la restauración del "principio de autoridad" por parte del presidente de la República, hay un conjunto de problemas de fondo que hacen ver los últimos sucesos como anecdóticos. Pero las razones de fondo no son asunto de la prensa.
En seguida va, en forma de un artículo de 7.328 caracteres rechazado por Rodrigo Pardo y la revista Cambio hace un año, un ejercicio de lectura de prensa sobre el movimiento estudiantil y la Universidad Nacional.

Dinosaurio se escribe con “d” de delincuente
Digamos que tenemos un enemigo.
A este enemigo, causante de muchos de nuestros males, obstáculo principal para avanzar constructivamente en la vida y para mirar con optimismo el futuro, hay que derrotarlo. El enemigo es, por definición, ese sujeto al que hay que derrotar.
¿Para qué sirven las palabras con el enemigo? Las palabras son, para este caso, un arma de guerra: para disuadirlo y desmoralizarlo (para que dude de sus razones, para erosionar sus convicciones, para que su voluntad flaquee); para desinformarlo y desorientarlo (para que dé golpes de ciego en el aire, para que caiga en la desesperación, para que cometa un error tras otro); para dividirlo; para arrinconarlo, para privarlo de cualquier apoyo de los demás (mostrando su irracionalidad, su obcecación, su intransigencia, su mentalidad paranoica y delirante). Es posible que no estemos hablando precisamente de enfermos mentales; quizás su forma de pensar no sea en realidad inflexible; a lo mejor sería posible llegar a un acuerdo con él. No viene al caso. Si es el enemigo, si sabemos que es el obstáculo para avanzar hacia nuestra felicidad —o el lastre que no nos permite dejar atrás nuestros problemas—, las palabras son un instrumento esencial para derrotarlo. Las palabras como instrumento de la verdad, son contraproducentes.
Porque en condiciones de manos y espíritus desarmados, la verdad une. Es un resultado, una construcción compleja. Es el producto de un esfuerzo colectivo, que compromete a sus integrantes. Pero en tiempos de guerra, o sea, cuando hay un enemigo, la verdad tiene otro carácter: es simplemente lo que se repite lo suficiente.
Por esto, cuando hay un enemigo, el valor de los medios masivos es inestimable. “Si todos los media dicen que algo es verdad, es verdad —dice Ignacio Ramonet—. Si la prensa, la radio o la televisión dicen que algo es verdad, eso es verdad incluso si es falso. (...) El receptor no tiene criterios de apreciación ya que no puede orientarse más que confrontando unos media con otros. Y si todos dicen lo mismo está obligado a admitir que ésa es la verdad” (1).
La confluencia entre medios masivos y la existencia de un enemigo (o en su defecto, una visión maniquea de las cosas) es avasalladora.
El enemigo es una pequeña minoría. Hay que repetirlo incansablemente. El enemigo utiliza la violencia y la intimidación. Y si los medios masivos lo repiten, se convierte en verdad.

Digamos que el enemigo son nuestros hijos.
Entonces, a las expresiones genéricas que más arriba están en cursivas —tomadas literalmente de dos diarios y un semanario de alcance nacional, utilizadas para referirse a la movilización estudiantil en la Universidad Nacional de los pasados meses (2)— debemos agregarles las siguientes, más específicas, también textuales: protesta vociferante, grupúsculos encapuchados, activistas profesionalizados que ensucian las paredes, sinvergüencería, no se conocen sus razones, dinosaurios.
Es indudable que se trata del enemigo.

***
Para el hombre imparcial, la verdad será siempre una gran palabra que hará latir su corazón. (Hegel) (3)
Las palabras como instrumentos de verdad son esenciales para cualquier esfuerzo colectivo. Aunque la razón y la ciencia tienden a volverse instrumentales bajo el poder demoledor del dinero, no habrían nacido siquiera si la verdad no hubiera podido circular y reconstruirse cotidianamente, masivamente, a través de las palabras. La verdad de la religión, en tanto sagrada e incuestionable, o esta nueva verdad de los medios masivos que se basa en el eco infinito, han sido y son un mecanismo eficaz para derrotar al enemigo. Pero ¿queremos proponerlas como el fundamento de nuestro futuro? ¿A qué estamos invitando a estos jóvenes encapuchados?
Decía hace treinta años Jesús Antonio Bejarano (4) que las mejores ideas y las reflexiones más interesantes y fructíferas se producen en la universidad no en sus salones de clase, sino en sus cafeterías. Es así porque la verdad nace en cualquier espacio donde se dé el diálogo —fundado y comprometido— entre iguales. He aquí el talante de la Universidad Nacional.
Si enseñar consistiera en inyectar una verdad (si la verdad se pudiera simplemente almacenar, acumular y traspasar, si no hubiera que hacerla nacer cada vez), los espacios y actividades no académicos de la universidad se podrían reducir —sin perder nada— a su mínima expresión: nutrición, salud, administración. Asambleas, bloqueos, grafitis, no serían más que obstáculos inútiles, pérdidas de tiempo. En ningún caso oportunidades. El estudiante debería concentrarse en adquirir competencias, a través de la obtención de conocimientos adecuadamente dosificados.
Son este tipo de  temas los que convulsionan hoy a la Universidad: su lugar en ese futuro nacional que, afín al talante universitario, debería levantarse sobre una verdad construida colectivamente, a través del diálogo entre iguales; el papel en la vida universitaria de la “anormalidad” académica —¿obstáculo o estímulo?— y su reconocimiento en el estatuto estudiantil; la relación entre saber y enseñanza, y su producto: el profesional competente. ¿Qué es para nuestro país un profesional competente?  No se conocen sus razones, se dice hablando del movimiento estudiantil. Pero hay aquí razones. Razones de fondo, que interesan no sólo a la Universidad, sino a Colombia entera.
Las directivas universitarias podrían utilizar su acceso directo a los medios para abrir esta discusión al público. Pero —exceptuando al decano que decidió aprovechar la coyuntura para salir deslumbrantemente del clóset (5)— no ha habido ideas distintas que las de aprovechar y alimentar el lenguaje de guerra (o maniqueo) en boga, que ha demostrado hasta el cansancio su rentabilidad política y su eficacia.
En una carta reciente (6), el rector actual de la Universidad Nacional, Moisés Wasserman, decía refiriéndose al estatuto en litigio que “el sentido común dice que no deben ser precisamente los estudiantes quienes voten sobre las reglas con las cuales ellos son admitidos, aprueban sus asignaturas, permanecen en la universidad y se gradúan”. ¿Por qué no? Quizás el rector tenía en la cabeza otra consideración, análoga: el sentido común dice que  los delincuentes no deben decidir sobre las leyes que los juzgarán. Y dinosaurio se escribe con “d” de delincuente.
Pero estudiante no.

(1) Ramonet, Ignacio. La tiranía de la comunicación. Editorial Debate, Barcelona, 2002. Página 53.
(2) Columna de opinión de Kalmanovitz: “La tragedia de los comunes en la UN” (El Espectador, 19-05-08). Editoriales de El Tiempo: “UN: justos por pecadores” (21-05-08) y El Espectador: “El cambio en la Universidad Nacional” (no anoté la fecha). Artículo de Cambio (21-05-08). Varias columnas: Mauricio García, Miriam Jimeno, Francisco Cajiao... y algunas notas de prensa.
(3) Hegel, G.W.F. Historia de la Filosofía, tomo I. Fondo de Cultura Económica, México, 1979. Página 21.
(4) Jesús Antonio Bejarano, profesor y decano de economía en la Universidad Nacional, consejero de paz en el gobierno de César Gaviria, asesinado en el campus (¿en el 2000?).
(5) “Ataques por condición sexual a decano de la Nacional: Mi vida privada se queda en casa: Fabián Sanabria”. El Tiempo, 12 de junio de 2008.
(6) Carta de Wasserman: “Plebiscito y Universidad”, El Espectador, 28 de mayo de 2008.


Espectacular rescate de rector secuestrado

Siguiendo órdenes del presidente de la República y en un audaz golpe de mano que recuerda a la operación Jaque, organismos de inteligencia lograron liberar ayer con sus propios recursos al rector de la Universidad Nacional de Colombia, Moisés Wasserman.
En la toma aérea reproducida más arriba, publicada en exclusiva por el diario El Tiempo (17 de octubre de 2008), se alcanza a identificar parcialmente a los 223 terroristas secuestradores que cayeron en la celada de los agentes.
Posteriormente el campamento de los terroristas fue copado y desmantelado por fuerzas combinadas de la Policía Nacional y el Esmad, que no encontraron resistencia.
A los detenidos se les respetó la vida.

miércoles, 14 de octubre de 2009

El despido de Claudia López

El ejercicio de lectura de prensa, particularmente el de leer entre líneas, no está exento de consecuencias, particularmente si desmiente pública y masivamente a los dueños de la opinión pública. Es bastante molesto ser contradicho; pero si uno es el encargado de la "alfarería de opinión", el contradictor debe recibir un escarmiento (porque si no se nos acaba el negocio): por ejemplo, ser silenciado.
Lo que viene es una buena "lectura de prensa" realizada por Claudia López y publicada el día 13 de octubre. La nota final de la dirección del diario El Tiempo es un buen ejemplo de sus consecuencias.

Reflexiones sobre un escándalo

Se preguntaba Rudolf Hommes en su columna de la semana pasada por qué unos temas se vuelven escándalos y otros no. Sugería que se requiere que el grueso del público tome conciencia y que haya un instigador. El cubrimiento que EL TIEMPO le dio al escándalo de Agro Ingreso Seguro (AIS) ofrece una oportunidad para reflexionar al respecto.

A diferencia de los demás medios escritos, EL TIEMPO no profundizó sobre el programa AIS sino sobre los efectos políticos del escándalo. Tomar ese ángulo era una decisión periodística válida dado que sus socios de la revista Cambio ya habían hecho el resto del trabajo. Sin embargo, más que un cubrimiento, lo que hizo EL TIEMPO fue una fabricación inducida para apoyar su interpretación deseada de los efectos políticos del escándalo.

La fabricación sesgada empezó con una pregunta en un foro en el tiempo.com, siguió con una nota que destacaba lo dicho por los foristas y concluyó con un supuesto artículo de análisis. En el foro se indagó a los foristas si creían que Arias debía renunciar por el escándalo de AIS. No sobra recordar que a EL TIEMPO nunca se le ocurrió preguntarles a sus foristas si Juan Manuel Santos debía renunciar por el escándalo de los 'falsos positivos'. En el caso de Arias sí se le ocurrió. Culminado el foro, publicaron una nota titulada 'Indignación y rechazo genera Andrés F. Arias por caso de Agro Ingreso entre lectores de eltiempo.com', en la que destacaban que "la mayoría de usuarios le pide al ex ministro que renuncie a su precandidatura" y que "hubo muy pocos que defendieron a Arias". Luego del foro inducido y la nota destacada, remataron con un artículo cuyo título sentenciaba: 'Andrés Felipe Arias sale debilitado y Juan Manuel Santos logra ventaja en medio del escándalo de AIS'.

Es obvio que Arias sale debilitado, pero no es nada obvio que la consecuencia sea que Santos "logra ventaja". EL TIEMPO asegura que el traspié de Arias "llevó a Juan Manuel Santos a convertirse en un ganador neto esta semana". ¿De dónde saca EL TIEMPO que el espacio perdido por Arias fue ganado por Santos? ¿Hicieron una encuesta? No, pero a falta de encuesta el periódico usó su foro para lanzar la pregunta, inducir la respuesta y construir de allí sus conclusiones.

Aunque Arias no está compitiendo con Santos, sino con Noemí dentro de la consulta conservadora, el supuesto análisis ni siquiera menciona que una de las posibles ganadoras del desliz de Arias es Noemí. Además, el análisis se inventa un hecho para reforzar su argumento. Afirma que una de las razones por las cuales el fortalecido es Santos es que "los conservadores, además, tienen que someterse a una consulta interna para buscar su candidato, mientras 'la U' ya lo tiene: Santos". 'La U' no ha escogido candidato presidencial. Lo único que le han ofrecido a Santos en la U es la jefatura del partido, no la candidatura presidencial. 'La U' es el promotor del referendo reeleccionista y si es aprobado es de esperarse que sea Uribe, no Santos, el candidato presidencial de 'la U'. Supongo que esos hechos dañaban el "enfoque del análisis" y por eso fueron desechados.

"No será fácil que Noemí merezca el respaldo de Uribe, después de que ella lo ha acusado de 'comprar' el referendo y amenazado con 'derrotarlo' en las urnas." Esta frase, casi transcrita de declaraciones de Santos, trata de presentar como periodística la versión de Santos de que él, a diferencia de Noemí, no es un traidor ni quiere derrotar a Uribe. Cualquiera que conozca medianamente la carrera de Santos sabe que cambiar de bando ha sido la constante de su ascenso político, al igual que de Noemí, y cualquiera entiende que ambos quieren suceder a Uribe; sólo que Santos quiere hacerlo sin que parezca una traición, agrego yo.

La calidad periodística de EL TIEMPO está cada vez más comprometida por el creciente conflicto de interés entre sus propósitos comerciales (ganarse el tercer canal) y políticos (cubrir al Gobierno que otorga el canal y a su socio en campaña) y sus deberes periodísticos. Este tipo de cubrimientos sesgados en nada contribuyen a resolver periodísticamente ese conflicto; lo único que logran es evidenciarlo.

N. de la D.: EL TIEMPO rechaza por falsas, malintencionadas y calumniosas las afirmaciones de Claudia López. La Dirección de este diario entiende su descalificación de nuestro trabajo periodístico como una carta de renuncia, que acepta de manera inmediata.

Claudia López

(Tomado de: http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/claudialpez/ARTICULO-WEB-PLANTILLA_NOTA_INTERIOR-6334551.html)

jueves, 1 de octubre de 2009

Los candidatos presidenciales en Chile

Veámoslo en abstracto. Hay cuatro candidatos presidenciales en Chile. Cuatro personas que decidieron emprender el esfuerzo de dirigirse a los ciudadanos, con unos planteamientos más o menos elaborados, y con una intención política que de una u otra manera gira hoy alrededor de las elecciones.
La mejor tribuna, en términos de alcance e impacto subjetivo: la televisión. Pero para ponerle "pique" y siguiendo formatos exitosos en países modelo, un debate (con unas reglas). O sea, un espectáculo, una puesta en escena. Luces, cámara, acción.
Los candidatos se aprestan a introducirse en el hogar de los chilenos, asumiendo o construyendo su papel de prospectos de presidente. Convirtiéndose en personajes.
Claro, cada uno hará uso de sus mejores recursos: sus ideas, su forma de hablar, su prestancia o carisma...Y es el personaje que cada candidato logre construir (en medio de las reglas puestas por la televisión) el que adquirirá corporeidad y quedará temporalmente posicionado en la mente de cada televidente chileno... hasta que los medios masivos (y especialmente la prensa escrita) realicen el trabajo de moldearlos un poco mejor.
La resonancia en los medios masivos será para los candidatos como un espejo que los ayudará a verse a sí mismos y a evaluar el impacto de su esfuerzo. Pero en ese momento los personajes que los candidatos han representado dejarán de estar bajo su propio control.

Siempre en general, aquí los elementos de esta historia son:
- los candidatos presidenciales,
- la tribuna televisiva,
- los televidentes-ciudadanos y
- los medios masivos (y para el caso que queremos subrayar, los medios escritos).

El Mercurio
Si hay un formador de opinión pública en Chile, es por excelencia el diario El Mercurio. Y El Mercurio no se dirige a los pobres, sino a la clase media (dejemos a los ricos entre paréntesis), y particularmente a la clase media acomodada. Aquí manejamos una premisa: la opinión pública es clase media.
Y entonces, desde el día siguiente al debate presidencial, El Mercurio hace su trabajo de alfarería sobre la imagen que los candidatos lograron colocar (o reforzar) en la audiencia. Deja de lado los planteamientos de peso (quizás porque lo de peso no está en discusión) y se concentra en la capacidad de expresión de los candidatos, sus nervios, sus recursos, sus trucos... Alguno no se pone nervioso porque no tienen nada que perder, otro se atropella un poco por su inexperiencia. Uno lanza un golpe bajo, otro acusa el golpe. (¿Planteamientos de fondo? No es necesario repetirlos: usted ya los vio por televisión. Yo ya ni me acuerdo). Esta escaramuza del golpe bajo se convierte en lo más espectacular del debate. El Mercurio no dirá expresamente que la afirmación de Frei es una calumnia. Y aunque no examinará el tema mismo, le dará bastante resonancia en los días siguientes a la crisis del capítulo chileno de Transparencia Internacional, debido al uso no consultado suficientemente de información cuestionable. Finalmente la acusación de Frei resultará a todas luces un truco electoral.
Finalmente, lo que de los candidatos quedará perfectamente torneado en los lectores de El Mercurio son, por una parte, sus particularidades individuales (su personalidad, especialmente) relacionadas en este caso con las anécdotas del debate, y por otra, sus trucos (sucios, nobles, ingenuos, patéticos) para subir puntos en las encuestas.
Los televidentes no son tontos y El Mercurio lo sabe. No se trata de engañarlos: el debate puede perfectamente captarse desde esta óptica y todo el espectáculo mediático se presta para subrayar los personajes que se ponen en escena y sus particularidades individuales. Los mismos candidatos siguen este juego. Para el diario no se trata en este caso de forzar la realidad, sino de subrayarla, dirigir la atención y el debate, interpretar.
Uno de los resultados de esta alfarería de la opinión es que si se trata de elegir presidente los elementos de decisión no son si habrá o no nueva constitución, si se renacionalizará el cobre o no, si se cambiará la orientación mercantil de la educación, la salud y los fondos de pensiones. No. Se trata de las cualidades personales de estos personajes, que se convierten así en el centro de la decisión de votar por uno u otro.
El asunto que debe discutirse después del debate presidencial no es qué va a pasar con Chile los próximos años, sino las cualidades personales de quien estará ahí para tomar decisiones, sea lo que sea lo que vaya a pasar.

¿Habría otra forma de evaluar el debate presidencial (y de moldear --en otra dirección-- la "opinión pública")?
Si se leyera únicamente los artículos de diversos comentaristas publicados por El Clarín (www.elclarin.cl) se podría decir que en lo fundamental, no.
Es claro que El Clarín no realiza un esfuerzo dirigido y sistemático de darle forma a la "gran" opinión pública, como El Mercurio. El Clarin parece dirigirse a una mucho más reducida clase media de izquierda y tampoco a la pobresía. Recopila información, análisis y opiniones (estos dos últimos, con frecuencia bastante entremezclados). Los artículos post debate en El Clarín normalmente tratan de "hacerle barra" a uno u otro dueño ya del corazón del articulista (Arrate y Enríquez-Ominami, Frei más bien no) y a sus posibilidades electorales, y en ese sentido siguen la corriente.

Y entonces el espectáculo mediático del debate presidencial queda cerrado. Sus protagonistas construyeron sus personajes; éstos tomaron vida introduciéndose durante un buen rato en el hogar de una buena cantidad de familias chilenas y se posicionaron (o reposicionaron) en la mente de jóvenes y viejos, hombres y mujeres... Y en los días y semanas siguientes, los medios masivos apuntalaron, moldearon o erosionaron el trabajo de estos protagonistas. Los espectadores del debate saben ahora mucho mejor qué fue lo que vieron. Los candidatos entienden en qué acertaron, en qué estuvieron flojos, qué tienen que mejorar.
Pero ¿no habría sido posible, a pesar de las reglas del debate, introducir una o dos ideas fundamentales respecto a cómo está Chile y qué es esencial hacer en este momento? ¿No habrá algún truco para depurarse de la mentalidad de farándula (o de hincha deportivo) en la consideración de las próximas elecciones y los años que vienen? ¿No habrá manera de poner énfasis en que los problemas de fondo sí son asunto de cada chileno, que sí están en discusión, que sí hay mucho que cada uno puede hacer en su consideración y solución (y que por lo tanto no se trata de las cualidades personales del próximo presidente)?
Porque quizás El Mercurio tiene razón en su cubrimiento y las elecciones presidenciales no son para intervenir en el rumbo del país, sino para escoger a quien va a tomar muchas decisiones importantes en los próximos años. Pero aunque así sea, son también un buen momento para poner el dedo en la llaga (y no volverlo a sacar).